martes, 21 de junio de 2011

La pregunta encerrada

¿Por qué me gustan tanto tus ojos?
¿O tus labios? Debe ser esa sonrisa

O tal vez sea el tamaño
De tus afectos,
O quizás la calidez
De tus abrazos.

Entre tanto enredo junto
Aparece la calma
Y a través de la corriente
Puedo ver tu alma.

Cada paso hacia el afuera
Una y otra tus palabras
Zigzaguean hacia mí
Envuelven mis lamentos
Olvido así que estaba
Triste y desconsolado
Y me pregunto lo que siento.

O tal vez sea lo extraño
De tu convencimiento
O quizás es que me asusta
El saber lo que quiero.

viernes, 22 de abril de 2011

Francisco

Francisco estaba sentado en su mecedora, como todas las noches; no hacía ni diez minutos que había acabado de cenar, y se disponía a realizar su rutinaria sobremesa de siempre. Pero antes de echar mano de las imágenes a elegir, se levantó y fue hacia el baño. Estando allí, se sacó los dientes postizos, los lavó y cepilló con cuidado y los depositó en una taza de porcelana amarilla que tenía a un costado del tocador. Posteriormente, volvió a la sala de estar y buscó en la mesita de luz sus anteojos. Los encontró justo junto a la lámpara que había comprado en un remate de objetos de una vieja casa estilo victoriano que llevaba muchos años desocupada.
Entonces se colocó los anteojos, no sin antes limpiarle los lentes con el borde de su camisa (con una débil bocanada de aliento apenas logró empañar los cristales). Mínimamente satisfecho, se dirigió al aparato de video y seleccionó un disco que no tenía nada impreso en su dorso. Lo insertó en el reproductor, encendió la pantalla, y regresó entonces a su mecedora. Con el control remoto hizo andar el reproductor, y tras una presentación de la temática de ese disco, apareció en pantalla un menú, por sobre un fondo bastante retozado de colores. Ese menú mencionaba sin ningún orden determinado, una lista de muchas ciudades del mundo: Londres, Nueva York, Tokio, Bruselas, Praga, El Cairo, Pekín, Río de Janeiro, etc.. La actividad que llenaba de satisfacción a Francisco, y aquello con lo cual se contentaba y hacía la digestión antes de ir a descansar, era hacer una visita guiada por aquellos lugares. Tras un breve debate mental, Francisco decidió el lugar que visitaría esa noche: París. Nada menos que la capital de Francia, ese centro que a lo largo de su vida siempre había querido visitar, pero la vida le había dado una lección, enfrentándolo con la realidad. Sin embargo, allí estaba, frente a la pantalla, con el control remoto en mano, y a segundos de enmarcarse en su aventura soñada...

A poco de comenzar el video, los ojos de Francisco empezaron a cerrarse, a pestañear, y su cabeza comenzó a dar señales de fatiga. Llegó el hombre a una edad en la cual difícilmente lograba quedarse despierto mucho tiempo al estar sentado.

La visita comenzó. Y así fue que una vista cuasi satelital comenzó a acercarse ondeando hacia la ciudad de París; desde el cielo se observaba una mezcla destellante de colores, verdes, rojos, naranjas, grises, azules, violetas, el panorama colorimétrico de la capital francesa.
Bajo una narración omnipresente, las imágenes se fueron sucediendo como partes de una polaroid: el museo del Louvre, imponente, con una calidad arquitectónica envidiable, y una vez adentro, cientos de trabajos artísticos de elevado nivel técnico... por los pasillos se respira al parecer a través de tenues bocanadas de aire, las luces en algunos lugares se vuelve sutilmente luminosa, en tanto que en varios rincones reina la semi-oscuridad... el recorrido transporta a Francisco hacia el Arco del Triunfo en la Plaza de las Estrellas: la majestuosidad de esta imagen lo hace sentir como si estuviese frente a la boca de un dragón en las cuales confluyen todos los caminos que son las doce avenidas que allí convergen; tomando una de ellas, se aventura Francisco por los Campos Elíseos, una de esas avenidas, y en su recorrido el paso de los autos, el ruido formado por las voces de las personas, las bicicletas pasando, nada se compara con la hilera de árboles que acompañan su trayecto: una vista reconfortante y de cierta seguridad para Francisco. Y qué decir de la Plaza de la Bastilla... en realidad, Francisco nunca tuvo una opinión formada sobre la revolución francesa, pero siempre se dispuso a observar los edificios y las representaciones sólo, o mas que nada, en su aspecto artístico, y evitando complicaciones ideológicas... así es que en cierta forma le pareció noble, pero a la vez le resultó indiferente. A continuación, la catedral de Notre Dame: tantas veces la había visto en imágenes y en películas, que pensó que no iba a sorprenderse, pero se equivocó. Su altura, su imponente estilo gótico sencillamente lo dejó anonadado, sin poder articular impresiones, pero es que aquí las secuencias viajaban en un radio atemporal; imposible medir las reacciones, las acciones, las visiones, para Francisco. Todo se amontonaba y a la vez se estiraba indefinidamente. Francisco volaba; no, no es cierto, pero quizás flotaba por los aires. Su conciencia parecía gravitar levemente por las calles de París. Sus pupilas de dilataron de más cuando ingresó a Monmartre: tantos mitos encerrados en un solo nombre; nombres de artistas, de cabarets, la imagen del Moulin Rouge y de un José Ferrer interpretando al desgraciado artista Toulouse-Lautrec vinieron al recuerdo. Más colores, por doquier. Edificios con grandes cúpulas a lo alto; árboles no tan coposos pero de abundantes ramas. Y la gente. Grupos de jóvenes adolescentes corriendo o caminando, conversando, comiendo, riendo, embelleciendo la ya hermosa ciudad de Paris. Más bicicletas. Y más plazas, caminos liberados, calles empedradas. Al llegar a la torre Eiffel, Francisco detuvo su pensamiento y sólo observó. Luego pensó: ‘si me viese forzado a elegir un solo sitio del cual tirarme, sin duda he aquí la elección’. Procuró no sentirse mareado por la envergadura del monumento; sintió, sin embargo, que la ciencia, los gobiernos, los mas profundos sentimientos, la vida, se le venían encima. De pronto hubo un cambio de visión, de perspectiva, para Francisco; ya no veía a la torre desde la calle, sino que ahora estaba a lo alto, en el mirador, en el punto más alto del monumento. Aprovechó entonces para echar una mirada panorámica a la ciudad de París por última vez, y luego se arrojó aliviado por la borda.

El disco llegó a su fin, y un rato después la televisión se apagó sola. El control remoto quedó apoyado sobre la mesa de luz; los dientes postizos en la taza de porcelana amarilla ubicada en el tocador del baño; los anteojos, en el suelo, a un costado de la mecedora. Y Francisco, estaba allí. Muerto. O en París. O en el aire. Pero su cuerpo, helado, nunca más volvería a viajar.


FIN

miércoles, 16 de febrero de 2011

Noche

En esta noche opaca
Un susurro se hace eco
Removiendo mis entrañas
Deshaciendo mis secretos.

En esta noche inmensa
Es muy pequeña la promesa
Y ha partido insatisfecha
La violencia que hice presa.

En esta noche silente
Se hacen trizas los momentos
Que hasta ayer eran presencia
Y han perdido sentimiento.

En esta noche amarga
Sigo en pie sobre mi alfombra
Y entre cierto y desacierto
Nos dormimos yo... y mi sombra.

martes, 15 de febrero de 2011

El Silencio

¿Escuchaste? Es el silencio,
que llamó a mi puerta, y lo dejé pasar.

Ahora soy un espectro
más perteneciente
a la larga cuenta de almas
que no pueden escapar
a la soledad.

Creo que no soy
el individuo más indicado
para emitir un juicio.

Una extensa hilera
de espectros sin destino
y sin emociones
y sin sensaciones
entran por la puerta
y entran a mi cuerpo.

Soy uno solo
y soy más que mil almas
porque mi ser se ha expandido
y ha traspasado los límites.

Daré vergüenza
tendré venganza
un tiempo corto
traerá fianza.

¿Será que soy el único
que oye el crudo silencio?

Es probable que no sea
más que un vagabundo
de almas, de recuerdos.

Una y dos y tres veces
me repito lo imposible
que no he muerto
que estoy vivo.

Más de mil roncas
voces que se asemejan
a la mía, tumultuosas,
me encierran en mi calabozo
me destrozan la memoria
devolviéndome esos viejos
dolores de mi pasado.

¿Escuchaste ese golpe
seco, suave armonizado?

Es el silencio. Sordo.
Porque no se da cuenta
De que lo estoy soportando.

Es el silencio. Sordo.
Pero no mudo.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Posdata


David caminaba lentamente sobre la tierra. La sentía pesada, densa, apelotonada. Era imposible distinguir en el suelo algún tipo de camino. Por todas partes se erigían pequeñas elevaciones, montículos de distintos tipos de polvo. Miró a su alrededor: el panorama, además de ser desalentador, asomaba sombrío y hasta un poco tétrico. Se podían distinguir deformaciones propuestas en formas de médanos, como si fuera arenoso el suelo –y en parte lo era, quizás-, y un frío recorría su cuerpo al pensar en aquellos últimos habitantes, condenados con malformaciones a liquidar la supervivencia de la especie.

Oyendo una tenue voz, giró sobre su eje, miró a Tania, y encontró en sus ojos la misma pesadumbre que moraba adentro suyo; habían esperado una década para volver, y el panorama era peor de lo que esperaban que fuese. Difícil, pero dentro de toda lógica, estaba la causa de aquella visión: el ser humano tanto se había empeñado, que terminó por destruir su hogar, y él, después de aquel tiempo, formó parte de aquella delegación tristemente célebre que le tocó regresar a la Tierra y comprobar el penoso estado en que ésta se hallaba. Tania le devolvió esa mirada de resignación, y apoyó una mano sobre su hombro, señal de afecto después de tantos años de conocerse. Se detuvo a su lado un instante.

David lloró, y su visor se empañó levemente, pero siguió caminando, a sabiendas de que no iba a encontrar nada a salvo, nada en pie, nada con vida, de seguro.

David gimió, y Tania le dio palabras de aliento desde el radio.

David sintió ganas de volver el tiempo atrás, y cambiar las cosas. Pero supo que era el destino, que solamente una persona no podía modificar los actos de toda una seguidilla de generaciones degeneradas, que el poder y la ambición no se correspondían con el tiempo ni con el espacio, sino con la objetividad egocéntrica de una raza que quiso hacerse con la verdad sin importarle lo buena o mala, ni lo simple o compleja, ni siquiera lo necesaria e innecesaria que ella fuera.

David sintió ganas de no pensar en futuros, ni pasados. Renegó de su condición, y del hecho de que le haya tocado presenciar la debacle y la pérdida de su primer hogar, como ser humano.

David deseó ser niño otra vez. No entender de las preocupaciones.

Dio media vuelta y regresó con las otras personas que componían el rastrillaje. Tania caminó a su lado. Tropezó levemente con una piedra (que resultó ser una especie de fósil, pero al comprenderlo, no se vio afectado), y con la mirada resuelta hacia el horizonte no volvió a detenerse por ninguna sensación.


David despertó porque alguien lo estaba sacudiendo, agitándole el brazo. Con mucho cansancio abrió sus ojos, y en un primer momento pensó que su hermana lo estaba fastidiando como todas las mañanas, para quitarle minutos de sueño. Pero no era su hermana. Se trataba de Tania, su vecina, que de alguna manera había logrado entrar a su casa. David no tenía idea de la hora, pero no importaba. Porque su querida Tania estaba allí. Al costado de su cama. Algo le decía ella, y tuvo que entornarse un poco y sacarse la fiaca para entender lo que ella hablaba:

-David, ¿escribiste tu cartita?

-¿Qué cartita? –respondió David, y al instante recordó-: Ahh,, sisí, la hice. Pedí...

Pero en ese momento, David se frenó, pensó, lo pensó muy bien. Miró fijamente el arbolito de navidad que estaba en el rincón de su cuarto, titilando con lucecitas de todos los colores y con algunas bolitas rodando por el piso, y se concentró en la carta que había hecho con un pedazo de hoja canson amarilla. No llegaba a leer el contenido, pero obviamente lo recordaba: un autito de carreras que había visto en la juguetería, una pelota de fútbol (con las impresiones de sus jugadores favoritos), un videojuego de...
Sin escuchar lo que Tania le decía, se levantó pensativo de la cama y caminó hacia el arbolito; al llegar, extendió su mano y tomó la cartita que había escrito, la quitó y se quedó mirándola, hasta que sintió una voz lejana. Giró sobre sus talones. Tania le hablaba con mucha ternura. Él sólo pensaba en el contenido de la carta, con extrañeza. Hasta que su amiga posó de golpe la manita sobre su hombro. La miró y entonces, súbitamente, comprendió la causa de su extrañeza.

David le sonrió a Tania, y buscó un lápiz de color en la cartuchera de madera que tenía sobre la mesita de luz. Entonces, al encontrar su lápiz azul favorito, apoyó la carta en la mesita y escribió, debajo, en un lugarcito que le quedaba:

-Ah, Papá Noel, ya sé que te pedí mucho este año, pero no me voy a enojar si en lugar de esos juguetes, sólo por esta vez me prometés que no me voy a separar nunca de mi amiga Tania. 

David pensó entonces, satisfecho: no importa lo que pase, no sé si voy a tener siempre esta casa, pero Tania va a estar siempre conmigo.