En esta noche opaca
Un susurro se hace eco
Removiendo mis entrañas
Deshaciendo mis secretos.
En esta noche inmensa
Es muy pequeña la promesa
Y ha partido insatisfecha
La violencia que hice presa.
En esta noche silente
Se hacen trizas los momentos
Que hasta ayer eran presencia
Y han perdido sentimiento.
En esta noche amarga
Sigo en pie sobre mi alfombra
Y entre cierto y desacierto
Nos dormimos yo... y mi sombra.
miércoles, 16 de febrero de 2011
martes, 15 de febrero de 2011
El Silencio
¿Escuchaste? Es el silencio,
que llamó a mi puerta, y lo dejé pasar.
Ahora soy un espectro
más perteneciente
a la larga cuenta de almas
que no pueden escapar
a la soledad.
Creo que no soy
el individuo más indicado
para emitir un juicio.
Una extensa hilera
de espectros sin destino
y sin emociones
y sin sensaciones
entran por la puerta
y entran a mi cuerpo.
Soy uno solo
y soy más que mil almas
porque mi ser se ha expandido
y ha traspasado los límites.
Daré vergüenza
tendré venganza
un tiempo corto
traerá fianza.
¿Será que soy el único
que oye el crudo silencio?
Es probable que no sea
más que un vagabundo
de almas, de recuerdos.
Una y dos y tres veces
me repito lo imposible
que no he muerto
que estoy vivo.
Más de mil roncas
voces que se asemejan
a la mía, tumultuosas,
me encierran en mi calabozo
me destrozan la memoria
devolviéndome esos viejos
dolores de mi pasado.
¿Escuchaste ese golpe
seco, suave armonizado?
Es el silencio. Sordo.
Porque no se da cuenta
De que lo estoy soportando.
Es el silencio. Sordo.
Pero no mudo.
viernes, 24 de diciembre de 2010
Posdata
David caminaba lentamente sobre la tierra. La sentía pesada, densa, apelotonada. Era imposible distinguir en el suelo algún tipo de camino. Por todas partes se erigían pequeñas elevaciones, montículos de distintos tipos de polvo. Miró a su alrededor: el panorama, además de ser desalentador, asomaba sombrío y hasta un poco tétrico. Se podían distinguir deformaciones propuestas en formas de médanos, como si fuera arenoso el suelo –y en parte lo era, quizás-, y un frío recorría su cuerpo al pensar en aquellos últimos habitantes, condenados con malformaciones a liquidar la supervivencia de la especie.
Oyendo una tenue voz, giró sobre su eje, miró a Tania, y encontró en sus ojos la misma pesadumbre que moraba adentro suyo; habían esperado una década para volver, y el panorama era peor de lo que esperaban que fuese. Difícil, pero dentro de toda lógica, estaba la causa de aquella visión: el ser humano tanto se había empeñado, que terminó por destruir su hogar, y él, después de aquel tiempo, formó parte de aquella delegación tristemente célebre que le tocó regresar a la Tierra y comprobar el penoso estado en que ésta se hallaba. Tania le devolvió esa mirada de resignación, y apoyó una mano sobre su hombro, señal de afecto después de tantos años de conocerse. Se detuvo a su lado un instante.
David lloró, y su visor se empañó levemente, pero siguió caminando, a sabiendas de que no iba a encontrar nada a salvo, nada en pie, nada con vida, de seguro.
David gimió, y Tania le dio palabras de aliento desde el radio.
David sintió ganas de volver el tiempo atrás, y cambiar las cosas. Pero supo que era el destino, que solamente una persona no podía modificar los actos de toda una seguidilla de generaciones degeneradas, que el poder y la ambición no se correspondían con el tiempo ni con el espacio, sino con la objetividad egocéntrica de una raza que quiso hacerse con la verdad sin importarle lo buena o mala, ni lo simple o compleja, ni siquiera lo necesaria e innecesaria que ella fuera.
David sintió ganas de no pensar en futuros, ni pasados. Renegó de su condición, y del hecho de que le haya tocado presenciar la debacle y la pérdida de su primer hogar, como ser humano.
David deseó ser niño otra vez. No entender de las preocupaciones.
Dio media vuelta y regresó con las otras personas que componían el rastrillaje. Tania caminó a su lado. Tropezó levemente con una piedra (que resultó ser una especie de fósil, pero al comprenderlo, no se vio afectado), y con la mirada resuelta hacia el horizonte no volvió a detenerse por ninguna sensación.
David despertó porque alguien lo estaba sacudiendo, agitándole el brazo. Con mucho cansancio abrió sus ojos, y en un primer momento pensó que su hermana lo estaba fastidiando como todas las mañanas, para quitarle minutos de sueño. Pero no era su hermana. Se trataba de Tania, su vecina, que de alguna manera había logrado entrar a su casa. David no tenía idea de la hora, pero no importaba. Porque su querida Tania estaba allí. Al costado de su cama. Algo le decía ella, y tuvo que entornarse un poco y sacarse la fiaca para entender lo que ella hablaba:
-David, ¿escribiste tu cartita?
-¿Qué cartita? –respondió David, y al instante recordó-: Ahh,, sisí, la hice. Pedí...
Pero en ese momento, David se frenó, pensó, lo pensó muy bien. Miró fijamente el arbolito de navidad que estaba en el rincón de su cuarto, titilando con lucecitas de todos los colores y con algunas bolitas rodando por el piso, y se concentró en la carta que había hecho con un pedazo de hoja canson amarilla. No llegaba a leer el contenido, pero obviamente lo recordaba: un autito de carreras que había visto en la juguetería, una pelota de fútbol (con las impresiones de sus jugadores favoritos), un videojuego de...
Sin escuchar lo que Tania le decía, se levantó pensativo de la cama y caminó hacia el arbolito; al llegar, extendió su mano y tomó la cartita que había escrito, la quitó y se quedó mirándola, hasta que sintió una voz lejana. Giró sobre sus talones. Tania le hablaba con mucha ternura. Él sólo pensaba en el contenido de la carta, con extrañeza. Hasta que su amiga posó de golpe la manita sobre su hombro. La miró y entonces, súbitamente, comprendió la causa de su extrañeza.
David le sonrió a Tania, y buscó un lápiz de color en la cartuchera de madera que tenía sobre la mesita de luz. Entonces, al encontrar su lápiz azul favorito, apoyó la carta en la mesita y escribió, debajo, en un lugarcito que le quedaba:
-Ah, Papá Noel, ya sé que te pedí mucho este año, pero no me voy a enojar si en lugar de esos juguetes, sólo por esta vez me prometés que no me voy a separar nunca de mi amiga Tania.
David pensó entonces, satisfecho: no importa lo que pase, no sé si voy a tener siempre esta casa, pero Tania va a estar siempre conmigo.
jueves, 16 de diciembre de 2010
Queriendo
Quiero apreciar todo lo que haces
Y no lo puedo demostrar
Quiero acariciarte, que tú me abraces
Que me hagas reaccionar.
Tengo guardado tanto para dar
Y me ahoga mi inutilidad
Quiero que me sientas y que te des cuenta
Cuánto me haces desear.
Quiero que me busques, que me alcances
Que me encuentres ya
Quiero que me digas, quiero que me toques
Y que dure una eternidad.
viernes, 26 de noviembre de 2010
Música para mis oídos
El siguiente es un escrito breve que goza de varios años de antigüedad, salido de un puñado de otros extraños escritos que recuerdo con simpatía.
Soy un caso especial, pero sería estúpido decir que soy único. La música consigue que pueda imaginarme dentro de una pantalla de cine. La música de películas, en general, consigue sacar los mejores sentimientos de mi ser.
La suavidad con la que suenan las notas más altas del piano, sumados a alguna tenue lluvia de cuerdas como acompañamiento, hacen placentero un momento que, de otra manera, sería solo atractivo.
De tanto en tanto escucho esta música, para no perder la costumbre. El problema ha surgido hace ya un tiempo atrás. Escucho la música, sí, pero no hay ningún reproductor haciéndola sonar. La escucho en mi cabeza. Acompaña mis pasos, adorna las situaciones que vivo día a día. Se reproduce a sí misma con gran fidelidad, y esto contribuye a aislarme de mi contexto a medida que voy viajando de un jugar a otro.
Tengo una curiosidad, en lo cual no he pensado mucho hasta ahora.
He empezado a sentir que alguien me observa constantemente. No me malinterpreten, no se trata de un simple caso de paranoia, sino que pienso que cada uno de nosotros tenemos una especie de cámara que nos sigue de un lado a otro, al mejor estilo ‘gran hermano’ de la novela de Orwell ‘1984’... una cámara que lleva un inventario de nuestras vidas.
Reflexionando sobre ello, he sacado algo en limpio. Nos están observando, no sé si precisamente desde afuera. Nos están observando. Yo, por las dudas, hago buena letra. Yo me porto bien. Y les recomiendo a ustedes que se porten bien, que no hagan el mal, sino el bien. Que quieran a sus semejantes. Ya verán como la música comenzará a sonar en sus cabezas. No me malinterpreten. Ustedes pórtense bien. Tal vez, tal vez algún símil de San Pedro nos esté observando. Solo limítense a no cometer muchos pecados.
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